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Día 24/09/2011 - 12.53h
Hace cuatro meses — en plena primavera— , Eduardo Fraile nos deleitó a los lectores con un libro de poemas titulado Y de mí sé decir... Sí, escrito así con puntos suspensivos, como si lo insinuado y lo dicho tuvieran el mismo porvenir que auguraba Dante a la palabra escrita cuando un escritor llega a la cúspide y ya «no se doblega jamás al embate de los tiempos». Desde entonces, y durante todo el verano, este libro luminoso, que busca el diseño de la página y el dibujo como una extensión del ánima vanguardista que este poeta lleva dentro, me ha acompañado con la persistencia que apunta Cervantes en el capítulo XV del Quijote, que es la base de este poemario singular de Eduardo Fraile: que, a pesar de tener molido el cuerpo de magulladuras, los días primigenios del poeta — los de la infancia— no tienen término.
Y esto, precisamente, es lo que este poeta sabe decir muy bien en este libro que, estructurado en tres partes complementarias, unifica —del primer al último poema— eso que Eduardo Fraile considera un «tesoro» y que, «como los granos de trigo tras la trilla», va seleccionando prodigiosamente en muelos y, posteriormente, envasa en costales ligerísimos hasta hacer de esa cosecha dorada —todos sus recuerdos— una precocidad de la infancia. Como no es fácil digerir tanto botín en 27 poemas, el poeta integra las ilustraciones de África Bayón — una delicia naïf en color llena de ternura— a la escritura tal y como Sancho dice en el mencionado capítulo: porque con «dos cosechas quedaremos inútiles para la tercera».
Este libro se encamina allí donde puede «estar el camino real» de los hombres
Pero no nos engañemos con una aparente lírica aventada. Eduardo Fraile es un poeta con una trayectoria muy sólida que va directo a las batallas de la poesía. Éstas, y aquí se demuestra, suelen ser muy duras y realistas porque el tiempo perdido y confesional del libro nos revelan los detalles de la vida, ciertamente, pero también las claves del creador como algo «fundacional». Es decir, que elige el capítulo XV de la primera parte del Quijote —la desgraciada aventura de los yangüeses que deja tullidos al caballero y al escudero— para caerse de su propio caballo como dice en el poema titulado «La diferencia».
Y la diferencia de este libro es que al abrirlo ya nos encontramos en su primera página con una aventura de puerta abiertas —don Quijote sugiere en el capítulo XV que para ello hay que entrar «en la ciudad de las cien puertas»—, por algo que resulta inevitable: a lo largo de la vida, y la infancia es la antesala, hay muchas noches peligrosas y lo más seguro es que nos asalten «en este despoblado». Este libro de Eduardo Fraile, siguiendo a don Quijote, se encamina, precisamente, allí donde puede «estar el camino real» de los hombres. Es una suerte que se publiquen libros como éste para que al menos la memoria disfrute de una hermosura inolvidable.






