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«Y los más jóvenes y hermosos caerán bajo la espada», vaticinó el profeta. Y ellos lo eran: jóvenes, probablemente los más hermosos. Y fuertes. Gozosos, incluso temerarios, henchidos de ardor guerrero y romanticismo patriótico cruzaron el Canal de La Mancha camino de la gloria en tierra francesa, belga, turca. La palabra honor les llenaba el alma, la palabra valor les encendía el ánimo, la palabra camaradería les hacía sentir el latido de la sangre en las venas como un caballo al galope.
Inglaterra for ever
Fueron jóvenes como Rupert Brooke, veintisiete años al estallar la contienda, pero con una prometedora carrera literaria. Su poema «The soldier» («Si yo cayera, recuerda solo esto de mí / que habrá un rincón de tierra extranjera / que será, para siempre, Inglaterra», se convirtió en un himno y un banderín de enganche para muchos de sus compatriotas. Paradójicamente, Brooke no murió en combate, sino en un barco hospital francés a consecuencia de unas fiebres cuando se dirigía a Galípoli. Como Edward Thomas, muerto en la batalla de Arras, destacado poeta georgiano. Como Isaac Rosenberg, para quien la guerra era una experiencia más y no pequeña en su aprendizaje vital. Tenía 28 años cuando murió en la carnicería del Somme. Como Wilfred Owen llamado a ser uno de los grandes poetas ingleses de su tiempo: «Este libro no trata sobre los héroes. No habla de tierras, ni acerca de la gloria, el honor, el poder, la majestad o el poder, sino de la guerra. Hablo de la guerra y de la compasión en la guerra, porque la poesía es en la piedad», escribía en el prefacio a un libro que la guerra dejó inacabado. Murió a los 25 años. Faltaba una semana para que cesaran los combates.
Si alguien todavía creía en la lírica patriótica, y en la épica de la gloria, pronto iba a perder la fe. El 1 de julio de 1916 los británicos, franceses e irlandeses intentaron romper el frente alemán en lo que se conocería como la batalla del Somme. Veinte mil hombres dejaron su vida sobre aquel pedazo estéril de la Picardía. Allí quedó el poeta Leslie Coulson, de 27 años. Y el poeta William Noel Hodgson, de 23 años. Y el poeta irlandés Thomas Michael Kettle, de 36 años. Y el poeta Alan Seeger, de 28 años, uno de cuyos poemas da título al libro. Y el poeta Edward Wyndham Tennant, de 19 años, cumplidos el mismo día que había empezado la carnicería a orillas del Somme.
Versos sangrantes
Usaron sus versos como herramienta contra la locura
En cualquier caso estamos ante un ejemplo excelente de la poesía como herramienta contra la locura, el miedo y, en última instancia, la muerte. Leer estos poemas, en una edición bilingüe, en una terraza de Madrid, es emocionante no sólo por la fuerza de los poetas, sino por lo improbable y difícil que era que llegaran esos poemas hasta nosotros, que llegaran estos testimonios anotados, a veces, con prisa, utilizando un lapicero, que fueran legibles todavía a pesar del fango, la lluvia, la sangre».
Los más jóvenes y hermosos cayeron bajo la espada. No pudieron ver el momento de que estallara la paz. En la trinchera, en los márgenes de una hoja escrita a lápiz que una muchacha del condado de Hampshire no abrirá jamás, quedaron versos que dignifican al hombre.







