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Durante la Vigilia de la Inmaculada, el cardenal consideró que se trata de una reforma crucial para salir de la crisis
Día 08/12/2011
La Catedral de La Almudena fue tesgito anoche de la enorme devoción, que fraguada en más de medio siglo de historia, despierta la advocación mariana de la Inmaculada Concepción, patrona de España. Fue durante la tradicional Vigilia, ese momento de oración que instituyó el padre jesuita Tomás Morales en 1947 y que, desde entonces, no ha dejado de celebrarse cada 7 de diciembre en las parroquias y catedrales de todas las diócesis españolas.
Ante una iglesia abarrotada de fieles, muchos de ellos jóvenes, sobre todo voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el cardenal Antonio María Rouco Varela, dedicó gran parte de su homilía a agradecer los enormes frutos espirituales que dejó para la Iglesia y para toda la sociedad este encuentro, que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de agosto y contó con la presencia del Papa Benedicto XVI. «El Señor ha hecho maravillas en los días inolvidables de la JMJ-2011 y en todo el prolongado e intenso curso de preparación espiritual y pastoral desde la llegada de la Cruz y de su Icono a Madrid en la Semana Santa del año 2009».
Pero su mensaje no se trataba de un mero recuerdo. El arzobispo de Madrid aprovechó la presencia de las familias y los jóvenes para decirles que aquella experiencia «bella y fascinante» debe servirles para una «entrega perseverante y generosa al ideal de la perfección de la caridad» y sobre todo para la evangelización de las nuevas generaciones. Un anuncio del Evangelio que, según afirmó, se vuelve cada día más apremiante ante una cultura contemporánea, «inspirada en la exaltación del superhombre» y acentuada en las últimas décadas no solo por «el relativismo moral», sino también por «la negación persistente y despectiva de las raíces morales y religiosas».
Para Rouco Varela, sus consecuencias no han sido otras que la grave crisis económica que sufre España y que, además de haber arrastrado a millones de personas al desempleo, también ha provocado en los jóvenes una sensación de falta de futuro y la angustia ante la ausencia de sentido de la vida. «Resulta una pura ilusión, pensar que no haya ninguna relación causa-efecto y no habría peor engaño que el de afirmar que no se necesita ningún proceso de reforma ética y espiritual de la conciencia personal y de la opinión pública», aseguró el cardenal.
Cristo, el centro de la vida
Ante este panorama difícil, el arzobispo de Madrid pidió a los jóvenes y sus familias «volver a poner a Cristo como el centro fundamental de nuestra existencia» y como «recurso imprescindible para esa renovación moral que tanto urge en la hora actual de una sociedad que ansía salir lo más pronto posible de la crisis que la oprime». «¿Tendremos, al menos nosotros los jóvenes, las familias y los ciudadanos católicos, la suficiente humildad de corazón y el suficiente coraje interior para un nuevo paso de la fe en Jesucristo y para ser sus testigos en la vida pública?». El cardenal dejó la pregunta sonando en el templo, como una especie de plegaria a la Virgen para que su «vida sencilla y su gustosa disponibilidad» no deje de ser para los cristianos el mejor ejemplo a seguir.






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