En Vídeo
En imágenes
Noticias relacionadas
Scarlett se muestra nerviosa. Sus ojos verdes miran constantemente a su publicista, que se ha situado a su derecha durante la entrevista, buscando complicidad y apoyo. Parece una tenista consultando a su entrenador antes de dar un golpe. Cuando, por fin, se relaja confiesa que ha tenido un enfrentamiento con un periodista unos minutos antes: «Sé que es parte del proceso, pero llega un momento en que las cuestiones se vuelven demasiado personales, y no estoy aquí para eso».
La verdad es que es complicado eludir el tema, ya que la actriz ha tenido un año completito: su divorcio con el actor Ryan Reynolds, su affaire con Sean Penn, algunas declaraciones fuera de tiesto (lo de querer emborracharse en la Casa Blanca) y el célebre robo de unas fotografías donde aparecía desnuda. Dispuesta a despedir el año con ánimo, acaba de estrenar el último filme de Cameron Crowe, «Un lugar para soñar» («We bought a zoo» en el original), donde interpreta a la cuidadora de animales de un zoo, comprado por un periodista inglés recién enviudado con la intención de revitalizar su existencia.
–¿Por qué se decidió por este filme?
–Por Cameron. He estado tratando de trabajar con él desde hace diez años y, cuando llegó el momento, estaba obsesionada por ponerme a sus órdenes. Me parece un realizador creativo, artístico y diferente, capaz de enriquecer al público y a los actores y, al mismo tiempo, simpatizar con todo el mundo. Es un maestro.
–¿Cómo preparó su papel?
–Tuve la oportunidad de observar cómo trabajan los entrenadores y los cuidadores de un zoo real. Son personas que se desviven por los animales: les dan de comer, les asean, están pendientes de su salud... Es un trabajo sucio y, de hecho, yo me manché las manos aprendiendo a limpiar los excrementos (risas). Lo que me gustó de este proyecto es que me ha dado la oportunidad de orillar el glamour y aparecer como una chica normal.
–Para alguien que empezó rodando «El hombre que susurraba a los caballos» esta película parece una evolución natural, ¿no?
–Ya lo creo. He estado rodeada de animales desde niña: reptiles, gatos, perros, caballos... Mi casa sí que era como un parque zoológico, aunque vivir con tigres, leones y camellos es surrealista. No hay que olvidar que son fieras salvajes y no mascotas. Conviene mantener la distancia. Pero, eso sí, todos son majestuosos.
–Viendo todo lo que le ha pasado recientemente, ¿prefiere a los animales o a las personas?
–Depende del día (risas). A veces los animales son mejores que las personas, pero normalmente prefiero a la gente. Aunque ahora, cuando me siento con mi perro en el sofá, le digo que es la única compañía que necesito.
–¿Alguna vez se ha sentido enjaulada y con todo el mundo mirándola?
–Pues sí, a veces creo que vivo en un zoo. La fama ha hecho que muchas veces mi vida sea como un espectáculo de «freaks». He necesitado adaptarme a esta situación y, aunque todavía no lo he conseguido del todo, estoy segura de que llegaré a acostumbrarme. La mayoría de las personas no aprecian el hecho de ser anónimas y, una vez que pierdes ese estado, lo anhelas profundamente. Con la popularidad llegas a un nuevo territorio al que hay que adaptarse por fuerza.
–¿Le ha merecido la pena sacrificar ese anonimato soñado?
–Por supuesto. A pesar de todo, rotundamente sí. Yo me siento increíblemente afortunada de poder trabajar en lo que me gusta. La fama es un bono añadido que se ha convertido en un dolor de trasero, pero conozco muchos actores que no pueden conseguir un trabajo ni para hacer un anuncio, y su queja es aún peor. Es difícil encontrar el equilibrio, pero todavía es más ridículo quejarse del éxito.
–¿Y cuando ocurren cosas como el robo de sus fotos íntimas?
–En ese caso, definitivamente, llega el momento de poner límites. Es una invasión de privacidad grave. Estamos viviendo una época de obsesión por los famosos que ha llegado a un punto de hervor insoportable. Todos debemos cambiar y ajustarnos a la información que tenemos. Al menos, estoy aprendiendo mucho con todo lo que me ha ocurrido, y voy a tomar medidas para que no vuelva a pasar.
–¿Ha llegado a tener esos veinte segundos de locura de los que habla en su película?
–Los actores en general tenemos muchos momentos de locura (risas). Se nos pide hacer cosas que son completamente ridículas y de las que no tenemos ni idea, ya sea correr por un pueblo en llamas, saltar desde un edificio o mostrarnos emocionalmente vulnerables. Lo peor de todo es equivocarse porque entonces nos duele más.
–¿Qué balance hace de 2011? ¿Está deseando que llegue el nuevo año (donde estrenará la esperada «Los vengadores», por cierto)?
–No me puedo quejar, ya que me he vuelto más tolerante, paciente y optimista. Creo que ahora soy relativamente feliz y, cuando el amor llegue a mi puerta, lo seré completamente.






