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Manuel Pimentel / Valerio Merino
Entrevista

Manuel Pimentel: «A la política agraria europea no le preocupa nuestra despensa»

El ex ministro, editor y escritor analiza el estado de la agricultura en su último libro, 'La venganza del campo', y será premiado por el ICAS y Asaja Sevilla

22/01/2024 a las 07:00

Manuel Pimentel (1961) vive en el campo y es ingeniero agrónomo de formación, además de doctor en Derecho y diplomado en Alta Dirección de Empresas. Conocido en la esfera pública por su papel como ministro de Trabajo y Asuntos sociales durante el gobierno de José María Aznar, ahora está a los mandos de Almuzara, editorial en la que ha publicado ‘La venganza del campo’, libro en el que explica, a través de diferentes artículos, su visión sobre los ataques al medio rural, a los agricultores, y porqué la subida del precio de los alimentos es una «venganza bíblica».

Su voz discordante, y su apoyo a unos agricultores que viven un momento crítico, le ha valido el reconocimiento del propio sector agrario. De hecho, este martes le será entregada la Distinción de Honor por parte de Asaja Sevilla y el Instituto de Cuestiones Agrarias y Medioambientales (ICAM), que celebrarán la décima edición de este premio en la capital hispalense.

—Debe ser satisfactorio que sea el propio campo el que reconozca su defensa del medio rural, ¿se ha encontrado mucho apoyo en el sector tras la publicación del libro?
—Sí, lo cierto es que estoy muy agradecido por este galardón, que además está impulsado por Asaja y el ICAM, organismo con mucho prestigio que lleva años investigando las dinámicas agrarias y de la alimentación. Además, significa que estamos en un proceso de cambio. Como sociedad, nunca nos hemos preocupado por los agricultores, y ahora es cuando las familias han empezado a darse cuenta de que el precio de los alimentos sube y les pesa la cesta de la compra.

—El campo andaluz lleva años movilizándose, unas protestas que obligó a parar la pandemia. Ahora han vuelto en Alemania y otros países europeos. Sin embargo, han sido los precios los que han hecho reaccionar a la gente.
—Esa es la tesis que explico en «La venganza del campo». Tú puedes castigar al campo, pero al final, se vengará como ha hecho siempre, produciendo menos alimentos y, por ende, provocando que estos suban de precio. Venimos de un periodo en el que el precio de la alimentación ha sido muy bajo, no se le ha dado importancia, como si los alimentos apareciesen en el supermercado por generación espontánea. Entre los años 2000 y 2020, los precios eran bajísimos, porque en Europa ha habido cosecha, y porque la globalización permitió traer alimentos de donde eran muchos más baratos. Ahora todo eso ha cambiado.

—Cuenta, como símbolo de ese ‘desprecio’ al campo, que se llegó a cambiar el nombre de Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación a Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino.

—Sí, es un símbolo de que el concepto de agricultura se veía anticuado frente a conceptos nuevos como sostenibilidad. De hecho, toda esta nueva corriente sostenible tomó mucha fuerza, y durante años, todas las normas que se han impulsado ha limitado, restringido y complicaba la producción agraria. El agricultor ha pasado a ser percibido por la sociedad como un enemigo del medio ambiente, cuando ni muchísimo menos lo es. Esta persecución normativa, unida a la sequía y a la desglobalización, han provocado que los precios hayan subido, y lo van a seguir haciendo.

Manifestación de agricultores en Córdoba / EP

Políticas europeas

—Esa normativa más preocupada por el medio ambiente que por la agricultura ha llegado, incluso, a la Política Agraria Común (PAC).
—A la política agraria europea no le preocupa la despensa de los europeos. Es como si la UE quisiese el campo europeo para pasear, y la comida que nos la traiga de países terceros. Eso es una irresponsabilidad, máxime en estos momentos de conflicto militar extendido.

—Otro gran problema del campo es el relevo generacional, ¿qué hay que hacer para que sea una alternativa a considerar por los jóvenes?
—Es normal que no atraiga. Es una actividad en la que se gana poco dinero, se trabaja muchísimo en condiciones duras y encima eres despreciado, cuando no atacado, por la sociedad. Se quiere un campo limpio, para pasear. Molestan los tractores, los invernaderos, las granjas…. Las leyes han castigado la actividad agraria, y los agricultores están mal vistos. ¿Quién va a querer estar en ese entorno? Si el agricultor recupera prestigio, porque la sociedad percibe que es el profesional que nos alimenta, con una rentabilidad razonable e incorporando la vanguardia tecnológica, volverá a atraer jóvenes.

—Al campo se le ataca hasta de los propios gobernantes, el anterior ministro de Consumo, por ejemplo, no dejó de hacerlo en toda la legislatura.
—Dentro de la sociedad hay una forma de pensar, incluso, más dura, el animalismo en su ámbito más extremo. En una sociedad eminentemente urbana, que ama a sus mascota, se está extendiendo el concepto de «alimentación moral»: no quieren comer carne y, si lo hacen, no quieren que haya mataderos o granjas. De hecho, estas últimas son las más atacadas. Creo que hay que empezar un debate intelectual sobre esto, porque comer una buena ensalada está estupendo y es muy moral, pero comer una buena chuleta también lo es.

La sequía

—En su libro habla de que los trasvases llegan a ser, incluso, un tabú. ¿Por qué, en un momento de sequía tan grave como el actual?
—Nos hemos acordado de la alimentación ahora que ha empezado a subir de precio, y nos estamos acordando del agua ahora que llueve poco. Llevamos años despreciando el campo y sin invertir en las infraestructuras hidráulicas que necesitan tanto el sector agrario como el abastecimiento humano, y ahora lo estamos pagando caro. Lo cierto es que tenemos una gestión del agua muy mejorable. Creo que los grandes desafíos de la próxima generación son la política agraria, la alimentación y el agua. y es que no deja de ser un contrasentido que hay políticos que critican los trasvases, por ejemplo, y en la siguiente frase protestan por la subida de precio de las verduras. Esto es muy fácil: si se cierra el grifo, no hay verduras, y las pocas que hay son muy caras. Tenemos que optar como sociedad, y ser conscientes de que, si cerramos el grifo y priorizamos otros aspectos en vez de la agricultura, las verduras van a ser pocos, caras y solo para ricos.

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