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Reduflación, cuando el tamaño sí importa

«Esta estrategia puede ser percibida como engañosa, aunque sea legal, ya que los consumidores terminan pagando lo mismo por menos»

14/05/2024 a las 11:26

En los pasillos de los supermercados, algo extraño ocurre. Los productos que solíamos comprar parecen haberse encogido misteriosamente. Y es que en un mundo donde cada euro cuenta y cada gramo pesa, los consumidores se enfrentan a una singular realidad comercial: la ‘shrinkflation’, traducido al castellano como reduflación.

Este término, que combina en su origen las palabras inglesas shrink (reducir) e inflation (inflación), describe una práctica en la que los fabricantes reducen el tamaño o la cantidad de sus productos sin disminuir el precio, a menudo sin que el consumidor se dé cuenta. Es un fenómeno que refleja la creatividad de las marcas para adaptarse a la subida de costes sin alarmar a los consumidores con aumentos de precios. Sin embargo, esta estrategia puede ser percibida como engañosa, aunque sea legal, ya que los consumidores terminan pagando lo mismo por menos.

En respuesta a esta tendencia, Francia ha tomado medidas legislativas para garantizar la transparencia y proteger a los consumidores. A partir del 1 de julio, los supermercados franceses estarán obligados a advertir con una señalización específica cuando se haya reducido el peso o el volumen de alguno de sus productos.

Medidas de otros países

Este movimiento no solo pone de manifiesto la necesidad de una mayor transparencia en la relación entre marcas y consumidores, sino que también plantea preguntas sobre cómo otros países están abordando la reduflación. En España, por ejemplo, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ya detectó en un estudio realizado entre 2012 y 2017 más de 300 productos que habían reducido su tamaño sin variar su precio.

Todavía recuerdo cuando, hace cuatro décadas, apretaba el bote de dentífrico y repentinamente salía aire en vez del mentolado producto, hasta que poco antes de llegar al final del bote todo volvía a la normalidad, y yo, al igual que otros muchos consumidores, quedábamos aliviados más que cabreados, porque todavía nos quedaba para una o dos cepilladas. Era otra época.

 

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