
Reduflación, cuando el tamaño sí importa
«Esta estrategia puede ser percibida como engañosa, aunque sea legal, ya que los consumidores terminan pagando lo mismo por menos»
En los pasillos de los supermercados, algo extraño ocurre. Los productos que solíamos comprar parecen haberse encogido misteriosamente. Y es que en un mundo donde cada euro cuenta y cada gramo pesa, los consumidores se enfrentan a una singular realidad comercial: la ‘shrinkflation’, traducido al castellano como reduflación.
Este término, que combina en su origen las palabras inglesas shrink (reducir) e inflation (inflación), describe una práctica en la que los fabricantes reducen el tamaño o la cantidad de sus productos sin disminuir el precio, a menudo sin que el consumidor se dé cuenta. Es un fenómeno que refleja la creatividad de las marcas para adaptarse a la subida de costes sin alarmar a los consumidores con aumentos de precios. Sin embargo, esta estrategia puede ser percibida como engañosa, aunque sea legal, ya que los consumidores terminan pagando lo mismo por menos.
En respuesta a esta tendencia, Francia ha tomado medidas legislativas para garantizar la transparencia y proteger a los consumidores. A partir del 1 de julio, los supermercados franceses estarán obligados a advertir con una señalización específica cuando se haya reducido el peso o el volumen de alguno de sus productos.
Medidas de otros países
Este movimiento no solo pone de manifiesto la necesidad de una mayor transparencia en la relación entre marcas y consumidores, sino que también plantea preguntas sobre cómo otros países están abordando la reduflación. En España, por ejemplo, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ya detectó en un estudio realizado entre 2012 y 2017 más de 300 productos que habían reducido su tamaño sin variar su precio.
Todavía recuerdo cuando, hace cuatro décadas, apretaba el bote de dentífrico y repentinamente salía aire en vez del mentolado producto, hasta que poco antes de llegar al final del bote todo volvía a la normalidad, y yo, al igual que otros muchos consumidores, quedábamos aliviados más que cabreados, porque todavía nos quedaba para una o dos cepilladas. Era otra época.