Antonio de Mora: «La aceituna de mesa, el sector sacrificado en el acuerdo UE-Mercosur»
«No es un episodio aislado, sino una nueva muestra de la acumulación de decepciones y frustraciones derivadas de la actuación de las administraciones públicas»
Es un hecho ampliamente asumido que en cualquier acuerdo comercial entre grandes bloques económicos siempre hay sectores que ganan y sectores que pierden. Forma parte de la lógica de la negociación internacional. Lo que resulta difícilmente comprensible —e incluso inaceptable— es que la Unión Europea haya decidido excluir deliberadamente de los beneficios del acuerdo UE-Mercosur a un sector como el de la aceituna de mesa, al tiempo que concede ventajas claras y directas a los productores de los países de Mercosur en ese mismo producto.
La industria europea de la aceituna de mesa, y muy especialmente la española, no es un sector cualquiera. Se trata de un sector profundamente internacionalizado, líder mundial, generador de empleo estable en zonas rurales y que cumple estrictamente con todas las exigencias comunitarias en materia social, medioambiental y de seguridad alimentaria. Pese a ello, ha sido utilizado una vez más como moneda de cambio en una negociación comercial de enorme alcance.
Consecuencias de los aranceles
Desde 2018, el sector español de la aceituna negra viene sufriendo las consecuencias de unos aranceles impuestos por Estados Unidos de hasta el 35%, como resultado de un contencioso derivado de la impugnación por parte de EE. UU. de la legalidad de las ayudas de la PAC y de su supuesto efecto distorsionador sobre la competencia. Un conflicto político y jurídico en el que el sector no tiene responsabilidad alguna.
Las consecuencias han sido devastadoras: pérdida de alrededor del 70 % de las exportaciones al mercado estadounidense, desaparición de oportunidades comerciales, destrucción de valor y un daño estructural que, hoy, sigue sin resolverse. Durante todos estos años, la Unión Europea ha sido incapaz de ofrecer una compensación efectiva, una alternativa comercial real o una solución política de fondo. Y, sin embargo, ha aceptado esta situación con una pasividad difícil de justificar.
En este contexto, resulta sencillamente inconcebible que la Comisión Europea haya aceptado un acuerdo como el de Mercosur que, lejos de corregir este desequilibrio, lo agrava aún más. Mientras la aceituna de mesa europea seguirá encontrando barreras significativas en los mercados de Mercosur, la Unión Europea abre progresivamente su mercado a la aceituna procedente de estos países, creando una asimetría competitiva evidente y profundamente injusta.
La Comisión Europea podría haber optado por otros sectores como elemento de negociación, sectores que no arrastran desde hace años un daño acumulado comparable, sectores que no han sido previamente sacrificados en otros conflictos comerciales. No lo ha hecho. Ha elegido, una vez más, a la aceituna de mesa.
Esta decisión revela una preocupante falta de sensibilidad y de conocimiento real de la situación del sector por parte de unos responsables comunitarios que parecen actuar desde la distancia, desconectados de la realidad productiva, industrial y social de amplias regiones europeas. Pero no toda la responsabilidad recae en Bruselas. El Gobierno español tampoco está exento de culpa. Ha aceptado este acuerdo sin exigir un tratamiento diferenciado para un sector gravemente perjudicado, al igual que, en términos generales, buena parte de la industria agroalimentaria española ha asumido este planteamiento sin una defensa firme de los sectores más vulnerables.
Múltiples decepciones
Para el sector de la aceituna de mesa, el acuerdo UE-Mercosur no es un episodio aislado, sino una nueva muestra de la acumulación de decepciones y frustraciones derivadas de la actuación de las administraciones públicas, y muy especialmente de la Unión Europea. Tras años asumiendo un daño comercial severo sin haber recibido soluciones eficaces ni compensaciones reales, el sector constata con creciente preocupación que vuelve a ser relegado y sacrificado, sin reconocimiento a su esfuerzo, a su cumplimiento estricto de las normas comunitarias ni a su contribución económica, social. Esta reiteración de decisiones transmite una sensación de abandono y de falta de sensibilidad absolutos en el sector por parte de quienes han tomado las decisiones y de quienes las han apoyado y las siguen apoyando, tanto en Bruselas como en Madrid.