¿Y si llegara un día en que Estados Unidos tampoco pudiera pagar su deuda? ¿Sabe qué hacer el gobierno Obama para evitarlo? El gigante financiero del mundo, ¿se tambalea para caer, o para volver a levantarse más fuerte? ¿Quién reirá el último?
Contestar estas preguntas no sería fácil para un alien economista cuyo primer contacto con la economía terrícola hubiera sido la histórica rueda de prensa ofrecida esta semana por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke. Histórica porque no es habitual que dé la cara el presidente de la Fed, organismo de hábitos vaticanos, que tiende a comunicarse por señales de humo. Que Bernanke aparezca en el proscenio da la medida de la gravedad de la post-crisis.
El déficit del país es ya del 11% y su deuda es de 14,3 billones
En Estados Unidos el argumento para la posible devaluación de la deuda apela a la incertidumbre del momento político, con los demócratas y los republicanos enfrentados a muerte, entre otras cosas, por el déficit. El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, insiste en que la montaña de endeudamiento es todavía “manejable” siempre que fluya el consenso bipartidista. Que si no sale es culpa de la oposición, vamos. Ben Bernanke parece no tenerlo tan claro: una de sus advertencias en la rueda de prensa (y antes de ella, porque hace tiempo que lo dice) es que el gobierno tiene que tener ya un plan de contención del déficit. Pero ya, en este contexto, significa YA: no es preciso que todas las medidas del plan se apliquen inmediatamente, en realidad eso incluso podría ser contraproducente en el sentido de ahogar en la cuna toda recuperación. Pero el plan tiene que estar ahí, para dar confianza y esclarecer el caos.
El programa de estímulo de Bernanke finalizará en junio
Nada, que el motor se calienta pero no arranca. Unos y otros quitan hierro a los problemas y a la vez le echan el problema a la coyuntura, a las alzas del petróleo provocadas por la inestabilidad en Oriente Medio, a las catástrofes naturales, etc. Todo lo cual es verdad. Pero también lo es que el mercado de la vivienda sigue deprimido, que el déficit comercial se desboca y que el gasto público, la gran arma secreta con la que Barack Obama quería volver a prender rápido la mecha de la prosperidad, se ha reducido en parte por obligación (no hay con qué) y en parte por el bloqueo republicano. No falta quien les acuse de prolongar la agonía económica para llegar con ventaja a las elecciones de 2012.
Claro que por las mismas se puede acusar a Obama de mentir cuando en 2008 dejó creer al pueblo americano que eligiéndole, la crisis y la miseria se habían terminado. El actual presidente de Estados Unidos no lo es por su excelencia económica. Ni por la de los asesores en la materia de los que se ha rodeado. Han ido saltando uno tras otro –con la excepción de Geithner, de momento- tras probar fórmula tras fórmula y ver que no funcionaba.
No es que le empeoren. Es que no saben qué hacer para mejorarlo ni para tener contento a todo el mundo. Desde la ortodoxia demócrata neokeynesiana les acusan de excesiva pleitesía a Wall Street y a los bancos, de haberles dado dinero a fondo perdido sin obligarles a enmendar seriamente las razones de la crisis y sin ni siquiera saber ganarse su complicidad. Desde las filas conservadoras se denuncia un gasto público faraónico, rayano en el comunismo.
Para Obama la disciplina fiscal es muy difícil de asumir en estos momentos
Se podrían establecer paralelismos entre la situación de Estados Unidos y la de otros países que también se ven brutalmente enfrentados a años de exuberancia irracional y alocado dispendio. Y sin embargo hay una diferencia importante: con todos estos factores en contra, la economía norteamericana ostenta una acreditada capacidad de reinvención, de esfuerzo y de sacrificio que tarde o temprano casi les obliga a salir del bache. Costará más o costará menos; se quedará o no se quedará alguna presidencia por el camino; habrá que adaptarse quizás a un mundo financieramente más multipolar, menos americanocéntrico que el que salió de las dos guerras mundiales; pero el gigante sigue respirando y los inmigrantes siguen llegando en manada, aún sabiendo que el sistema social americano no regala nada. En otros sitios la decadencia puede ser sin billete de vuelta.








