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Una pesadilla con raíz real

Larsson coronó con su éxito póstumo su firme denuncia de la larva neonazi en Suecia

Día 02/09/2011

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El huevo de la serpiente sigue entre nosotros. La larva de la barbarie y el nazismo siempre han estado aquí como Ingmar Bergman mostraba en aquella aterradora película de 1977, y como terroríficamente han enseñado los crímenes de este verano en Oslo.

Bergman era sueco, pero los noruegos son como de la familia. Han compartido sociedades consideradas el paradigma de la felicidad. Pero el cine de Bergman es una constante revisión de las represiones, las culpas, la violencia soterrada. Ese mundo asfixiante también lo hizo suyo Stieg Larsson en «Millennium». Larsson sabía de lo que hablaba y lo sabía en primera persona porque llevaba toda su vida en el empeño de la denuncia de los neonazis, su matrimonio de conveniencia con las pandillas de moteros, sus relaciones paneuropeas, sus valkirias y sus nibelungos, aunque los nibelungos del siglo XX cambiaran el anillo por los piercings.

La batalla de Stieg contra la esvástica, que pudo costarle la vida, comenzó mucho antes. Es la historia de un amor y de un combate. Es la historia de Stieg y su compañera Eva Gabrielsson, la historia de su amor y de su periodismo de investigación antifascista, como Gabrielsson contó en «Millennium, Stieg y yo» (Destino).

Amor y Vietnam

Stieg y Eva se conocieron en 1972, en los grupúsculos de extrema izquierda que se movilizaban contra la guerra del Vietnam. A Eva, las chicas siempre tan románticas, le tiraban más bien los trotskos; Stieg, ordenado, ajedrecista, disciplinado, prefería los tigres de papel de Mao. El periodismo sería su medio y su mensaje. Y la revista «Expo» su altavoz. A ellos y sus camaradas les costaba un riñón editarla. Y varias veces pudo costarles algo más. Recibían llamadas, pintadas en la puerta de casa, y cuando la Policía por fin se decidía a hacer alguna redada entre los neonazis, sus nombres figuraban siempre en las listas de posibles víctimas. No era broma. Más de un periodista sueco ya había aparecido en una cuneta.

Larsson era un experto en el asunto y la Interpol acabó demandando sus servicios. Experiencia no le faltaba. Además, fue colaborador de la revista «Searchlight», antorcha de la lucha antifascista europea, la revista «de la esperanza y no del odio». «Millennium» fue el clon literario de «Expo». Blomkvist, el sosias de Larsson. Y Lisbeth Salander, aunque a Larsson le gustaba creer que era una Pipi Calzaslargas de hoy, asume los rasgos de una marginada antisocial, que bien podría encajar en una banda de cabezas rapadas.

En Oslo, dirán que era un loco, la larva de la sierpe maldita de Bergman renació. Larsson lo sabía. Y también Eva. «No me olvides, pero sigue viviendo. Vive tu vida. Vive en paz, mi amor, vive, ama, odia y continúa luchando...», se despidieron.

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