Expresiones como "revelación literaria de la temporada", es cierto, están más devaluadas que la credibilidad de ciertas agencias de calificación crediticia, pero siempre existe alguna excepción que, bendita sea, le hacen a uno querer abrazar el tópico sin pestañear. O, mejor dicho, excepciones. Si, en plural. Porque si hace unas semanas se paseaba por aquí la joven debutante Silvia Avallone, el turno es ahora para la aún más joven Viola Di Grado, talento precoz de las letras italianas que con solo veintitrés años ya ha conseguido alzarse con premios como el Carige o el Campiello, ambos a la mejor ópera prima, y ha recibido la incómoda etiqueta de, ahora sí, revelación literaria del año.
Y todo gracias a "Setenta acrílico treinta lana", una oscura y poética novela en la que las imágenes se van ensamblando para acabar abordando la imposibilidad de la comunicación, algo que la joven escritora lleva un poco más lejos robándole el lenguaje a sus protagonistas. "Me interesaba descubrir qué hay más allá de las palabras", explica Di Grado sobre una novela que narra la historia de Camelia, una joven que vive prácticamente sepultada por la nieve en la deprimente ciudad de Leeds y que ve como el mismo día que su padre muere su madre pierde las palabras y, por si fuera poco, también la chaveta. Es entonces cuando Camelia y su madre empieza a comunicarse únicamente mediante miradas y cuando Di Grado va trenzando esta historia de soledad, vacíos emocionales y lecciones de chino convertidas en improvisados salvavidas vitales.
«Me interesaba descubrir qué hay más allá de las palabras», explica Di Grado
Y normal también que cualquier intento por compararla, encajarla o simplemente colocarla al lado de otros autores sea como darse de cabezazos en la pared. "No creo en las comparaciones, ya que en toda creatividad tiene que haber una ruptura", señala sacudiéndose de encima nombres como los de Amélie Nothomb, acaso la autora con la que con mayor insistencia la han relacionado.
La cosa tampoco mejora cuando se propone esa suerte de vacío emocional, esa nada generacional y tristeza casi oceánica, como nexo de unión entre las obras de varios jóvenes novelistas contemporáneos. "Esa soledad no es algo exclusivo de los autores jóvenes. De hecho, está en todos los libros, por lo que no creo que sea un rasgo generacional ni nada parecido", apunta, consciente quizá de que lo mejor de "Setenta acrílico treinta lana" no es el retrato de ese hastío gastado ya de tanto usarlo, sino su habilidad para fabricar imágenes magnéticas y convertir la gélida y anodida Leeds en la metáfora perfecta del invierno sin fin.







