El dilema ético se acaba pronto en la Fórmula 1. Si no es en la pista, tendrá que ser en los despachos. Las soluciones llegan por las buenas o por las malas, ya que sólo el fin importa. Y en este caso se trata de que el Mundial no muera en verano con una extensa lista de carreras en economías emergentes por delante, nuevos circuitos y patrocinios televisivos que valdrían mucho menos si el pescado está vendido. La Federación Internacional (FIA) o el invisible mando a distancia que teledirige Bernie Ecclestone han operado en la sombra y le han otorgado una última esperanza al séquito que persigue a Vettel: eliminan su presunta arma secreta, el difusor soplado. Pero nadie ha puesto el grito en el cielo ni se ha generado un alboroto. La política de guante blanco se acepta como parte del juego.
La prohibición total llegará en dos semanas, en Inglaterra. Valencia es el anticipo: aquí no se puede cambiar la configuración del motor del sábado al domingo. El difusor soplado consiste en el aprovechamiento de los gases del tubo de escape al frenar para provocar más agarre del coche al asfalto. Una idea del gurú del viento, Adrian Newey, demasiado brillante según la FIA.
La pretensión de los dirigentes de la F-1 queda clara, aunque no por ello se ha montado escándalo en Valencia. Algún reproche de Helmut Marko (el jefe de Red Bull), Sebastian Vettel o Mark Webber, pero nada contundente que pueda tumbar la prohibición. Nadie se ha irritado. Hoy le toca a Red Bull, mañana le tocará a otro. El espectáculo siempre debe continuar.
La elasticidad de la norma en la F-1 y su extensión a los despachos no son nuevas. Hace cinco años, Alonso logró casi un pleno en nueve carreras: ganó seis y fue segundo en tres. La FIA no permitió ese avasallamiento. Suprimió el mass damper,un amortiguador mágico. Y el Mundial se decidió en la última carrera, mano a mano entre el español y Schumacher. En 2009 Brawn apabulló a la competencia con su difusor doble, un artilugio único en la trasera del coche. La FIA admitió su dominio para evitar que el equipo desapareciera. Button fue campeón con el Red Bull pisándole los talones, pero al año siguiente el doble difusor pasó a mejor vida.
Ahora la FIA cree haber encontrado el secreto del éxito del Red Bull, pero entre los ingenieros de sus rivales se ha instalado la desconfianza. Piensan en otros bandos que el milagroso gas de los escapes no es la única fuente de vitalidad del Red Bull, sino su concepción aerodinámica. «Después de tantas carreras, no tenemos ni idea por qué ese coche corre tanto», se escucha por el paddock.«Si lo supiéramos, ya lo habríamos copiado y aminorado la ventaja».
Las escuderías contratan fotógrafos para captar cada imagen del fondo del coche Red Bull. No han conseguido descifrar su velocidad a través de las imágenes. Y se ha extendido la idea de que su gobierno obedece a un reglamento técnico de la FIA sin cambios en los últimos tres años (los tres que el Red Bull es preponderante, aunque en 2009 no ganase el título) más que a piezas mágicas en su bólido. Todas las fábricas han copiado el sistema del difusor soplado de Red Bull, excepto el Williams y el Hispania con sus motores Cosworth. Y todos tendrán que suprimirlo después de invertir en su desarrollo.
Webber no se escandalizó por el cambio de reglas a mitad de temporada: «Sabemos que siempre hay algo flotando alrededor de nuestro deporte. Comprendo que se pueda cambiar la norma al principio o al final de la temporada, pero ¿en el medio?». «No creo que vaya a cambiar gran cosa en la clasificación —dijo Alonso—. Va a mantenerse todo igual. Para los aficionados es un poco más de confusión en cuanto a reglas y, sin embargo, los resultados son iguales».
Helmut Marko, el número uno del staff Red Bull, asumió el freno sin alzar la voz. «Parece que se tomó la decisión para dar ventaja a Ferrari». Casi aséptico. «La ventaja o la desventaja va ser igual para todos —indicó el mexicano Sergio Pérez, que pilotará en Valencia y no De la Rosa—. Y me parece bien que lo hagan a mitad de temporada».






