Al tiempo que Rafa Nadal solventa una situación de estrés, llegan noticias de portada desde Belgrado reflejadas en el llanto incontrolable de Novak Djokovic, retorcido de dolor en el suelo mientras se le parte el alma porque no puede más. España firma su pase a la final con un triunfo contundente de su mejor espada, voraz ante un Jo-Wilfried Tsonga que nada tiene que ver con lo que fue el sábado (6-0, 6-2 y 6-4), mientras Serbia entrega la corona porque su héroe acusa los excesos, superado por Juan Martín del Potro por 7-6 y 3-0 antes de sacar bandera blanca y gritar basta.
Del 2 al 4 de diciembre, y con Valencia como principal candidata para albergar la lucha por la Ensaladera, España se reencuentra con Argentina en lo que supone la sexta final en doce años. Nadal es la bandera de esta época dorada para el tenis español.
Se le reclamó en un domingo festivo para compensar el descalabro del dobles y volvió a ser decisivo, centrado porque él nunca duda cuando está en la pista. En una serie extraña, resueltos todos los partidos con marcadores impropios si se mide el ranking de los tenistas, Nadal apenas se inmuta para destrozar al imponente jugador francés, que no suma ni un solo punto al resto durante todo el primer set, que se pierde desde el fondo y tampoco corrige cuando sube.
Sin patrón, como casi todo lo que ha hecho Francia en los individuales, Tsonga lucha contra un torbellino mejorado con respecto al primer día y únicamente el amor propio en el previsible cierre le salva de un bochorno mayor.
Ejecutó el plan a la perfección, sin ceder una pelota de rotura en todo el fin de semana, y España recuperó la tranquilidad con la que se fue a dormir el viernes pasado. Vive años felices con Nadal y compañía y convierte lo que antes era una gesta imposible en casi una rutina, el triunfo como norma.
18 victorias seguidas
Apenas ha gastado cuatro horas en la pista para sentenciar a Gasquet y a Tsonga, 15 y 10 del mundo. Apenas ha sufrido después de una semana infernal con noches en vela a la espera de que el sueño le venciera y su cuerpo se pusiera en hora española tras su reciente paso por Nueva York. Apenas ha notado el cambio del cemento de Nueva York al albero del Coso de Los Califas, recinto memorable que dignifica una eliminatoria tan comprometida.
Así es Rafa Nadal, el mismo que ha encadenado 18 victorias seguidas en la Copa Davis —quinta mejor racha—, líder de un equipo que presume más que nadie en el siglo XXI. Ahora apunta a Argentina, una selección que se desvive cuando suena el himno y toca hacer país, amigos de vestuario de los españoles y que claman venganza por lo sucedido en Mar del Plata en 2008.
Ahí, sin el número dos del mundo, brilló Feliciano López y se consagró Fernando Verdasco, encargado ayer de poner el punto y final en el irrelevante quinto partido. Lo celebró el madrileño vestido de torero, con chaquetilla y sombrero cordobés. España, con Nadal, dio la vuelta al ruedo y tiene otra Ensaladera a la vista. La quinta.




