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Fallece el sacerdote José Luis Portillo, Hijo Predilecto de Alcalá de Guadaíra y párroco de San Agustín durante 47 años

ALBERTO MALLADOALCALÁ DE GUADAÍRA. El sacerdote José Luis Portillo González recibió ayer sepultura en su localidad natal de Alcalá de Guadaíra, donde había ejercido como párroco de la iglesia de San

El sacerdote José Luis Portillo González recibió ayer sepultura en su localidad natal de Alcalá de Guadaíra, donde había ejercido como párroco de la iglesia de San Agustín desde 1960. El templo que él mismo levantó rebosó de personas que tributaron un último reconocimiento a su labor. Son 53 años de sacerdote; 47 de párroco en Alcalá, otros cinco en Aguadulce. Tenía el reconocimiento como Hijo Predilecto de la Ciudad y una calle con su nombre junto a su parroquia. El cardenal Amigo Vallejo, todos los sacerdotes de Alcalá y otros muchos llegados desde Sevilla, concelebraron la misa corpore in sepulto.

La ceremonia fue un resumen de su vida y la consecuencia directa de los valores que lo alumbraron y la ingente obra material y social que desplegó en sus 76 años de existencia. La bandera de Alcalá cubrió su féretro, como reconocimiento del Ayuntamiento. A él le hubiera gustado. Era de una familia con honda tradición en la ciudad y muy querida. El mismo se definía como «el cura de los Portillo». Y para completar su enraizamiento con su tierra, su gente se dedica desde siempre a hacer pan. El escudo de la hermandad de Jesús Nazareno también cobijó su cuerpo. También le hubiera gustado. Siempre lo llevó a gala. Nunca faltó a ver al Nazareno en la madrugada alcalareña. Sus hermanos sacerdotes concelebraron la misa y llevaron a hombros el féretro. El hubiera estado orgulloso. En Alcalá y en Sevilla era un ejemplo de humildad y una referencia de comportamiento para ellos. El propio cardenal recordó su profunda humanidad, su buen humor, su gracia y los dulces de Alcalá con los que solía presentarse a cuantos encuentros tenían.

El techo que cobijó la ceremonia y el campanario en que doblaron por él las campanas, era su obra. Él levantó de la nada un templo grandioso, completado con salones parroquiales, jardines y casas de Hermandad para la Borriquita y el Rocío, corporaciones en cuya creación fue parte fundamental. Cuando lo hicieron párroco no existía más que el solar. La sede de la parroquia la puso en un chalé que le cedieron en la Avenida Santa Lucía. Desde ahí fue dando forma a una parroquia que configuró un barrio. Enclavada en el cerro que lo domina y arropando a sus vecinos. Al que fuera párroco durante 47 años le hubiera gustado mucho verla llena.

Al observar los rostros de los presentes aún le hubiera gustado más la visión. Allí estaba representada toda Alcalá. Porque José Luis era el párroco cercano a cada uno de sus feligreses, pero era el pastor de toda la ciudad. El cardenal recordó como le dijo en una ocasión, «yo no duermo sin comer todos los días el pan de Alcalá, y cuando hablaba del pan se refería a su gente». Por eso «no cabía en sí de gozo cuando lo nombraron Hijo Predilecto o cuando dio el pregón, en el que quería nombrarlo todo, decirlo todo», recordó fray Carlos.

Pero hay algo que le hubiera disgustado. Se lo dejó dicho al cardenal cuando ya estaba enfermo. «Que no se equivoquen, que no estén tristes». Carlos Amigo lo explicó, «este funeral no es una despedida, sino el momento en el que nos juntamos para recordar que Cristo lo ha resucitado de entre los muertos».

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