Un Cristo sevillano con entrañas aztecas

POR J. FÉLIX MACHUCACasi todo lo que sabemos de él no lo confirma la investigación ni el dato de archivo. Eso sí. Lo avala el grande corazón de la leyenda, ese velo que es capaz de envolver con su

El Cristo del Museo, una obra escultórica prueba del mestizaje artístico. ABC

Casi todo lo que sabemos de él no lo confirma la investigación ni el dato de archivo. Eso sí. Lo avala el grande corazón de la leyenda, ese velo que es capaz de envolver con su seda las historias más hermosas de los hombres. Marcos Cabrera es pura leyenda. Lo es desde el momento en que ni sabemos su fecha de nacimiento ni la de su muerte.

El catedrático de Historia del Arte de la Hispalense, Jesús Palomero Páramo, confirma este extremo y nos adelanta una serie de fechas reales, concretas y avaladas por textos documentales que califica de «inéditos». Uno de estos documentos es el acta de matrimonio del magnífico imaginero del Cristo del Museo. Permanece en el archivo parroquial de San Vicente y nos informa de que Marcos Cabrera es hijo de Francisco Núñez y Ana de Ribera y que el 28 de enero de 1565 se casó con Doña María de Quintanilla.

De aquel matrimonio nacieron dos hijos. Ana María de Cabrera y Lorenzo de Cabrera. Por el testamento de Ana, fallecida en 1631, sabemos que su único hermano había muerto años antes en la ciudad de Zaragoza, en Tierra Firme. Zaragoza es una ciudad de Colombia, del departamento de Antioquia, fundada hacia 1581 por Gaspar de Rodas y controlada entonces por los indios del clan Yamesi. ¿Participó el hijo del imaginero en la conquista y colonización de aquellas riquísima tierras a orillas del río Nechí? Podemos suponerlo. Como una suposición perpetua es la biografía de su padre, el inigualable Marcos Cabrera.

A Cabrera se le vincula con la carrera de Indias, como capitán de barco. ¿Hay algo de esto? ¿Sabemos con certeza documental que la mano más firme y rotunda del manierismo expresionista español era un asiduo de la carrera de Indias? Palomero Páramo no lo sabe con certeza. Pero sí aporta con toda la seguridad documental que el calificativo de capitán aparece publicado por primera vez en 1598, cuando Cabrera se ofrece al Cabildo para participar en aquella gran expo fúnebre que la ciudad organiza para honrar la muerte de Felipe II. ¿Recuerdan los versos de Cervantes al túmulo en la Catedral cantando la grandeza con la que Sevilla despide al rey de un imperio donde no se ponía el sol? En ese documento se recoge una oferta del capitán Marcos Cabrera para hacer las figuras que realizará Martínez Montañés por cien ducados menos. Todo un reto artístico y presupuestario que no fue tenido en cuenta.

Y es fundamental en la nebulosa biografía de Cabrera saber con una mínima certeza la vinculación del tallista con América. Palomero Páramo asegura que «es probable la existencia de ese vínculo». Y para Marina González de Cala, autora del «Diccionario de Oficios y artesanos en la colonia y la república», la vinculación es absoluta. Así se puede leer en la página web de la biblioteca Luís Ángel Arango donde la citada autora sostiene que en su taller de Santa Fe (Colombia) Marcos Cabrera enseñó en 1587 el oficio de entallador durante cuatro años a un menor «manteniéndolo y vistiéndolo a su costa y dispensándole esmerado tratamiento». El entrecomillado es de Marina González. Pero no dice en el citado diccionario dónde se documenta. Para los autores Pedro García Gutiérrez y José Landa Bravo la presencia de Cabrera en Sevilla y América está «comprobada» entre los años 1575 y 1601, con estancias en uno y otro continente. Ambos autores firman el libro «La escultura. Del Renacimiento a la actualidad», de donde se extrae el dato.

Así pues, Marcos Cabrera debió de ser un tipo que responde, en sus conocimientos y formación, al espíritu total renacentista de su época. Piloto -¿soldado también?- y escultor. Una sólida formación y un conocimiento del mundo nuevo que no estaba al alcance de muchos en su época. Manejaba el astrolabio y las cartas de navegación con la misma destreza que la gubia y las proporciones exactas para elaborar la pasta de una talla. Y en este aspecto pudo ser fundamental su casi probada vinculación con el mundo americano. Se sostiene, quizás seducido por la leyenda, que Marcos Cabrera realiza en 1575 el Cristo del Museo siguiendo pautas y técnicas precolombinas. Para el pintor y escultor sevillano Ricardo Suárez esta técnica consiste en la mezcla de lienzos, cola animal y sulfato de cal que permite hacer la epidermis de la imagen que se refuerza en su interior con una estructura de machos de mazorcas de maíz y estopa, para hacerla ligera y liviana. Lo que coloquialmente se conoce en los círculos artísticos como técnica de «papelón». Y que mucho antes que Marcos Cabrera utilizaban en Mesoamérica los artistas indígenas para realizar sus figuras e ídolos. ¿Aprendió Cabrera allí semejante técnica?

¿La ejecución del Cristo del Museo responde a esta técnica? En 1991 Raimundo Cruz Solís realiza la última restauración del Cristo. Nadie mejor que él para despejarnos esta duda: ¿es el del Museo un Cristo sevillano con entrañas azteca? Para Raimundo Cruz no hay dudas sobre la ejecución del Cristo mediante la técnica del «papelón» reforzado, posteriormente, con sulfato de calcio y cola animal. Pero años antes de que restaurara el Cristo, Peláez intervino engominando el interior de la obra de Cabrera con poliester. No sabemos nada de los machos de mazorca que pudieron darle consistencia «azteca» a la talla. Técnica que Marcos Cabrera debió aprender en el nuevo mundo, adonde lo llevó con insistencia el deseo de saber, de conocer y de prosperar. Gracias a un espíritu que se nos antoja superior al peso de la leyenda, hoy podemos ver en ese Cristo animado por el canon de Miguel Ángel una prueba del mestizaje artístico de una época de encuentros y fusiones. La de un Cristo sevillano con entrañas mesoamericanas. Cristo ya nació en Palacaguina ¿recuerdan?...

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