Lleva vinculado a la Ruta Quetzal desde el año 1990, década que rememora con nostalgia de periodista avezado cuando sus crónicas formaban parte del suplemento “Prensa-Escuela”, de ocho páginas y que se publicaba en ocho periódicos de ámbito nacional. Hoy Jesús Garrido, de 79 años, es el sacerdote jesuita de la sonrisa perenne que se encarga en la expedición, entre otras tareas, de mantener el rito y de organizar tertulias entre los jóvenes y recoger las encuestas con las que los chicos valoran lo aprendido durante el recorrido.
Este gallego nacido en Negreira (La Coruña) fundó en el colegio Santa María del Mar, en la ciudad herculina, un grupo de investigación pedagógica que se llamó “Padres y Maestros”. Siempre interesado por la pedagogía idónea hacia los jóvenes, estudió también Filosofía, Teología, Dirección de Empresas y un Máster de Periodismo, que ha resultado ser una de sus grandes vocaciones por lo que no presenta problemas para analizar las crónicas que escriben a diario los quetzales. Entre los jóvenes de la Ruta, encontramos una opinión unánime: su forma de celebrar la misa es muy especial. También nos cautiva la imagen de madera que lleva colgada al cuello y de la que no se separa.
-¿Qué tienen de singular sus misas?
-Nosotros mantenemos lo que es el rito, lo que se llama el canon de la liturgia, que son las palabras de la congregación y algunas cosas más; esto se mantiene tal cual. Además de mantener el rito, llamamos a la participación. Ponemos el foco claro en la presencia de Dios, porque si no, sería una reunión sin más, como cualquier otra dinámica de grupo. Llamamos a esa participación también en la oración, en la petición de saber perdonar a los demás, en las lecturas... El comentario de todas estas cosas entre todos es lo que hace de nuestras celebraciones algo sumamente participativo.
-¿Cómo definiría la respuesta con la que se encuentra por parte de los jóvenes de la Ruta?
-La respuesta es muy buena, porque los chavales están lejos de la familia y de sus compañeros, y ese reparo que hay en su vida rutinaria para ir a misa, para ver al cura o cualquier cosa, evidentemente aquí se matiza. Cada uno decide cómo quiere vivirlo y nadie les influencia. Y yo creo que, como están solos aquí, la religión también les ayuda y les da confianza en sí mismos, pues la gente consigue expresarse con mucha naturalidad. Tenemos misas de dos horas, por ejemplo, en las que los muchachos ayudan, participan... siempre se han volcado. Además, en los sitios donde hemos caminado con la Ruta, también se ha buscado proyectar nuestra acción en acciones sociales, en ayudar a alguien y conseguir, de esta manera, que esa acción social fuera como un eco de las misas de las que hablamos. Hay gente que participa con sus cantos, otros en la orquesta y el coro; algunos más participan en una lectura. Y así se logra la “gran” implicación de todos.
-¿Encuentra diferencias sustanciales en el modo de vivir la misa entre los jóvenes suramericanos y los españoles?
-Es evidente que los suramericanos participan mucho más en la misa, la entienden de forma más afectiva en su manifestación; mientras que los españoles -y todo el mundo lo dice- tienen mucha ignorancia en lo que entendemos por conocimiento religioso, no lo tenemos; pero una vez que lo tiene, la gente decide. Cada uno se arriesga o no, depende de ti; y eso forma parte de un momento muy importante. En la Ruta, hay mucha gente que manifiesta, personalmente o también a través de sus escritos -los que leemos y recogemos-, que por primera vez encontró algo que le interesa y que funciona.
-¿Qué significa el rostro de madera que lleva siempre prendido en su pecho?





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