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«JE T’AIME… MOI NON PLUS»

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Salvaguardar la conllevancia y gestionar el bien común no exige consumirse en un romance incandescente. Basta y sobra con los afectos a la antigua, cuando el amor y el matrimonio era una cuestión de mayorazgos

SERGE Gainsbourg -que, a fuer de ser auténtico, no tuvo tratos nunca con la falsa modestia- se jactaba de haber compuesto, en un pispas, una obra maestra. «Je t’aime… moi non plus» (el tema que agigantó su estrella) era más, mucho más, que una canción de amor. Eta un hito en la historia de las rijosas melopeas; una salmodia inédita en el templo de Venus. «Te amo», dice él, absorto en la faena. «Yo tampoco», dice ella, sin renunciar al vértigo. El luminoso abracadabra, el paradójico requiebro, se lo había inspirado un catalán genial que acuñó la «boutade» para dar caña a un malagueño: «Picasso es español, yo también.

Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, moi non plus». Lo cual que fue Dalí el padre del invento, el que cardó la lana y puso la fama en suerte. Gainsbourg compuso la canción en el año 1967, con intención de interpretarla con su novia del momento, Brigitte Bardot. Pero la actriz, temiendo que la tórrida canción afectase negativamente a su imagen pública, abortó la operación. Gainsbourg entonces la pasó a su siguiente mujer, Jane Birkin, cuyos jadeos y gemidos orgásmicos, subrayando la línea melódica intimista y sensual, levantaron un formidable escándalo internacional, de manera que el disco se vendió en todo el mundo por millones de copias. En los años 80 Gainsbourg finalmente publicó la grabación de Bardot, y la historia de éxito se repitió.

«Je t’aime… moi non plus» es la banda sonora de las declaraciones de algunos portavoces del partido gobernante, que se licúan en zalemas con los secesionistas catalanes que alegan que se marchan porque nadie les quiere. El desamor es lo que alienta el resquemor, el corazón partío es lo que lleva a partir peras. Vengan, pues, carantoñas, piropos y ternezas. «Je t’aime», ¿no me oyes? «Moi non plus», ¿no te enteras? Hay que dilucidar aún quién pone los jadeos (¿Chacón?, ¿Sánchez Camacho?, ¿quizá Durán i Lleida) y armarse de paciencia mientras la calentura surte efecto. En realidad, la sentimentalidad y la política son conceptos opuestos y mejor nos iría si lo siguieran siendo. Salvaguardar la conllevancia y gestionar el bien común no exige consumirse en un romance incandescente. Basta y sobra con los afectos a la antigua, cuando el amor y el matrimonio era una cuestión de mayorazgos, de dotes, de intereses. Querámonos lo justo, lo que mandan las leyes. Al cabo lo que importa no es que nos demos besos de tornillo sino el que no nos demos puñaladas traperas.

Un poco antes de que Gainsbourg compusiera «Je t’aime… moi non plus», el escritor catalán Josep Pla pasó unos días con el exiliado Josep Tarradellas en Saint-Martin-le-Beau y redactó un informe confidencial encargado por la disidencia clandestina, que se conserva en el monasterio de Poblet. En ese informe el gran periodista dice aproximadamente: «El señor Albert [Tarradellas] es un hombre curioso; es un antisentimental, un antidemagogo, un antiefectista que a lo único a lo que aspira es a no hacer el ridículo y a no crear más problemas de los que hay». Desde luego, para Pla éstos eran grandes elogios. Casi los mejores que pueda tributársele a un político.

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